“Familia sumergida”, ganadora del Premio de la Crítica en el D’A Film Festival 2019

El jurado de la crítica del D’A Film Festival, integrado por Vanessa Agudo Molina, Jesús González Notario y Ana Uslenghi, ha otorgado el Premio de la Crítica a “Familia sumergida”, de María Alché, así como una Mención Especial a “Sophia Antipolis”, de Virgil Vernier.

 

Familia sumergida (María Alché, 2018)

 

Vanessa Agudo Molina, Jesús González Notario, Ana Uslenghi

Iniciada como actriz en La niña santa de Lucrecia Martel, María Alché dirige su ópera prima, Familia sumergida, que, aunque inevitablemente comparada con la película que la vio debutar delante de la cámara, tiene otros objetivos y busca nuevos caminos para expresarlos. La trama gira alrededor de una mujer de mediana edad, Marcela, en crisis existencial, ya que su vida está absorbida por la de sus hijos. La muerte de su hermana Rina conjura, literalmente, los fantasmas de su familia y la hace convivir con ellos.

En Los inmortales, un cuento donde narra la búsqueda de la inmortalidad, Borges escribía que «la muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño». Así, entre lo patético, en el sentido de dolor profundo, y la más sutil belleza, vaga Marcela ante la pérdida de Rina. El duelo y la ausencia del ser querido se hacen presente poco a poco en el desorden y el bullicio del apartamento en el que convive con su marido y sus tres hijos, que parece demasiado pequeño y asfixiante para esa inesperada irrupción de la muerte. Los platos sucios se acumulan en la pica, la lavadora hace un ruido extraño y la mujer en crisis a la que pone cuerpo una Mercedes Morán en estado de gracia parece empeñada en mantener algo de lo irrecuperable que deja la persona que no está más, conservando dos o tres objetos que le pertenecieron: sus plantas, un abrigo de piel, unas gafas de sol… «No sabía que dibujaba todo lo que tejía —comenta mientras vacía el piso de su hermana— Nadie podrá aprovechar esto. Yo no tejo, mis hijos tampoco.» Alché acompaña la soledad de su protagonista entrelazando la tristeza más absoluta con la naturalidad de lo cotidiano: en las lágrimas desconsoladas que afloran mientras se toma una lección de geografía, las de una mujer que finge y no muestra su aflicción ante su familia. No obstante, el quiebre ocasionado por el fallecimiento de Rina no es ruptura, sino un tránsito manso y apacible en el que ya no se distingue los que supuestamente están (el padre y esposo ausente, ese amante que desaparece misteriosamente) de los que ya no están (las tías, tíos y familiares fallecidos que en una escena magistral aparecen en el salón del apartamento de Mercedes). Los recuerdos y momentos oníricos transcurren gráciles en plena convivencia con el mundo de los vivos, gracias a una cámara que pareciera desdibujar los rostros como los de los sueños, como decía Borges en Los inmortales. Marcela, sin duda, se conmueve por su condición de fantasma (o por sus fantasmas) que hizo presente la partida de su hermana, y que ha movido sus horizontes vitales. Y Alché se vale de esta estrategia para generar unos pasajes oníricos, un tipo de constelaciones familiares fílmicas, donde la protagonista dialoga con el pasado y aprende que el mundo es misterioso y cambiante. La muerte que hace presente lo precioso y patético de la vida, en definitiva.

«Familia sumergida» (María Alché, 2018)

Sophia Antipolis  (Virgil Vernier, 2018)

Como ese apartamento familiar bonaerense en el que se sitúa gran parte de la trama de Familia sumergida, también resulta sofocante el contexto social que retrata Virgil Vernier en Sophia Antipolis, mención del Jurado de la Crítica. Tras una primera escena que podría ser documental, Vernier nos adentra paulatinamente en los problemas derivados de una sociedad cada vez más vigilada y, sin embargo, más violenta. Con la investigación de la desaparición de una joven como telón de fondo se unen diversas líneas narrativas situadas en el terrain vague del  parque tecnológico Sophia Antipolis, lugar cuya función original queda sustituida por los nuevos usos que sus habitantes le otorgan ante la necesidad de humanizarlo. Todos ellos parecen estar desubicados en este no-lugar y acaban buscando apoyo en otros seres que se sienten como ellos, ya sea a través de una espiritualidad alternativa o de la lucha contra una criminalidad que no cesa de aumentar. Paradójicamente estos grupos de defensa ciudadana parecen generar más delincuencia de la que pretenden combatir, teniendo como única razón de ser el aportar el sentimiento de pertenencia a un grupo dentro de una civilización cada vez más atomizada e individualista. A través de un montaje seco y lleno de suturas, Vernier parece querer mostrar el sentimiento de asfixia de sus personajes. Además, esta sensación queda resaltada por la abundancia de planos del sol poniente, tan bellos como cegadores. Se establece así el retrato de un horizonte que resulta inalcanzable, con el lenguaje de un documental que simula ser ficción.

Sophia Antipolis (Virgil Vernier, 2018)