Primer jurat FIPRESCI a la X edició del Sevilla European Film Festival

X Sevilla European Film Festival (SEFF X): Resistiré

En el año 2 de la etapa Cienfuegos, una de las novedades remarcables y más difundidas por la organización del Sevilla European Film Festival (SEFF), que celebraba su edición X, fue la gestación de una nueva sección. “Resistencias” ha nacido con la intención de albergar títulos de producción española financiados al margen de la industria. Así el festival no solo da cabida a películas nacionales a lo largo y ancho del resto de sus apartados —este año, por ejemplo, “Las Nuevas Olas” reunió varios largometrajes relevantes que habían cosechado la atención y el reconocimiento en certámenes internacionales, como Costa da Morte y El futuro en el Festival de Locarno o O quinto evanxeo de Gaspar Hauser en el Festival de Róterdam.

Además, el SEFF X abrió con Tres bodas de más de Javier Ruiz Caldera, que había cosechado buenas críticas en Venecia, y que junto al tercer largometraje de Ramón Salazar, 10.000 noches en ninguna parte, competían dentro de la Sección Oficial.
Con la novedad de “Resistencias”, el SEFF parece remarcar que no se conforma solo con posibilitarnos, dentro de sus lindes habituales, el visionado de cintas patrias ya aplaudidas, sino que está decidido a ejercer simultáneamente de descubridor de títulos estimulantes que pasaron prácticamente desapercibidos en otros contextos, o bien apenas tuvieron recursos para procurarse una distribución que les permitiera darse a conocer. De este modo el festival muestra también su apoyo a realizadores que, frente a los obstáculos económicos e industriales actuales, han logrado activar, o ingeniarse, vías alternativas para sacar adelante sus proyectos.

Los ocho títulos que este año han conformado el pistoletazo de salida de la sección “Resistencias” —aún primeriza y pendiente de consolidar y ajustar sus criterios de programación— han sido películas de muy diversa naturaleza temática y formal. Sí podía identificarse en las más estimulantes un discurso vinculado con el presente social, político y económico que atraviesa España, integrando una intencionalidad reivindicativa. No solo sus trazos son evidentes en el seguimiento radical que efectúa el chileno Cristóbal Arteaga de un tipo que está a punto de perderlo todo en El triste olor de la carne, un plano secuencia de 87 minutos que recibió el Premio FIPRESCI (recién instaurado en Sevilla este año); también en la última propuesta de Pablo Llorca, Un ramo de cactus. Tras su anterior entrega, Recoletos (arriba y abajo), el veterano realizador —la excepción en este sentido, dado que el resto eran primeras, segundas o terceras obras— vuelve a situar la acción en un contexto de crisis como el actual donde Alfonso, el protagonista interpretado por Pedro Casablanc, trata de desarrollar una forma de vida alternativa, una especie de autarquía basada en el cultivo del alimento propio en una plantación de su propiedad. El nacimiento de su primer nieto sacará a la luz las contradicciones y dificultades de su opción en contacto con su propia familia, de origen acomodado y mentalidad conservadora. A Llorca le importa el relato y la exposición de ideas —sin importarle los defectos técnicos o interpretativos— y podríamos considerar su trayectoria como un buen paradigma del concepto de resistencia que este programa pretende amparar.

El lugar que captura el Taller de flamenco de Alfonso Camacho era también un espacio de resistencia, okupado, hasta que una orden judicial decretó su desalojo. En otro tiempo fábrica de sombreros, el intercambio de conocimientos entre generaciones tenía lugar allí posibilitando un acercamiento al flamenco que nada se parece a la imagen más vistosa y recargada que habitualmente se nos ha vendido. La cámara registra un aprendizaje y ejercicio del cante despojado de artificios y ella misma opta por la sencillez de lo mínimo en comunión con lo que retrata, articulando una defensa de ese espacio concreto, de las prácticas y espíritu allí materializados, deviniendo en testimonio, documento, una vez clausurado el local.

Por su parte, el tercer largometraje del colectivo Los Hijos, Árboles, combina con interés ficción y documental, fábula y legislación, para construir un ensayo de marcado carácter histórico-político que reconecta nuestro presente con algunas cuestiones pendientes de nuestro pasado colonizador. La idea de que hemos de volver a mirar atrás para poder seguir adelante está presente casi como una forma de filosofía necesaria, estimulante y contagiosa en varios de estos títulos, como una especie de hoja de ruta propuesta para estos tiempos. En este sentido, encontramos bien acertada la presentación de la sección efectuada por Carlos Losilla en el catálogo del certamen donde, entre otras cosas, expone: “Entonces, lo que ocurre, quizá, es que con este cine estamos siendo testigos de una especie de purificación, de exhibición cruel de todas las atrocidades cometidas, y todas las frustraciones sufridas, y todos los miedos experimentados, para superarlos en una exultante orgía de imágenes que nunca habíamos visto por estas tierras, que vemos ahora por primera vez, por lo menos de esta forma tan generosa, sin ningún apoyo institucional sino todo lo contrario…”.
 
Covadonga G. Lahera